¿Quién no se ha sentido ofendido alguna vez por la acción o el comportamiento de otras personas? ¿Alguien podría afirmar no haber molestado o dañado a otros jamás? Las ofensas y el perdón, entendido como la acción de pedir disculpas o de disculpar a otros por sus acciones, son universales.

Los niños no deberían crecer ajenos al perdón y, desde pequeños, los mayores deberíamos tratar de hacerles comprender qué significa, qué efectos tiene y cómo se practica. Porque el perdón está íntimamente ligado a la culpa (a la ‘dis-culpa’, tan necesaria) y es una herramienta indispensable para experimentar la empatía y crecer emocionalmente. Pero, ¿cómo “se enseña” el perdón? El perdón no se enseña, se practica.

Lo que decimos a nuestros hijos es muy importante para ellos, pero lo que hacemos es más importante aún

Los adultos repetimos un error que, por común, nos resulta muy familiar. Nuestro hijo, sobrino o nieto ofende o daña en el parque a otro niño. Entonces, como en un acto reflejo, pretendemos que el niño pida disculpas al que se sintió molesto con su acción. “Pídele perdón”, le decimos; y si logramos que lo haga, pretendemos además que comprenda qué está haciendo y que el otro niño entienda el alcance de esta acción y disculpe la ofensa.

El pediatra Carlos González sostiene, a lo largo del curso «Autoridad y límites» (también disponible en el pack «Amor y autoridad»), que esta rutina es “perversa” por dos razones: exigimos algo que muy probablemente nuestro hijo no entiende aún y le damos así la oportunidad de desobedecer, debilitando nuestra autoridad. Por regla general, no deberíamos dar a los niños órdenes que no están preparados para comprender.

¿Qué hacemos entonces en estos casos? Lo más recomendable es asegurarnos de que nuestro hijo desiste de su conducta, consolar a la víctima y, con nuestro hijo presente, perdir nosotros disculpas al otro niño. De este modo no solo estamos mostrando con el ejemplo cómo se pide perdón, también le estamos dando la oportunidad de comprender que nuestra acción ayuda a restablecer el equilibrio anterior a la disputa y a imitarnos en futuras ocasiones (si mi madre o mi padre lo hacen, yo lo quiero hacer).

No debemos olvidar que los niños aprenden (muchísimo) por imitación y que nosotros somos su principal referente. Lo que decimos a nuestros hijos es muy importante para ellos, pero lo que hacemos es más importante aún. El buen ejemplo.

Compartir