Los lunes y los miércoles, inglés. Los martes toca pintura y los jueves, clases particulares de matemáticas. Para los viernes queda el entrenamiento de baloncesto. Para miles de niños, el esquema semanal durante el curso escolar es parecido a este. Su agenda, como la de un alto ejecutivo, rebosa compromisos, entre refuerzos académicos y actividades extraescolares. La exigencia alcanza también a padres y madres, que nos encargamos de buscar las mejores opciones, abonar cuotas y llevarles de un sitio a otro cada tarde. A pesar de todo, creemos que el esfuerzo vale la pena. Sólo queremos ayudarles a exprimir todo su potencial. El problema de ese frenético ritmo de vida, que asumimos y en el que involucramos a nuestros hijos, es que condena al olvido a una actividad imprescindible. Una actividad sin horarios, que no exige pago de matrícula ni mensualidades. Hemos dejado de jugar con ellos.

Suena duro, pero es real. Nos preocupan sus estudios, su salud cardiovascular y sus inquietudes artísticas; por eso buscamos las mejores academias, les invitamos a elegir un deporte y nos encanta que vayan al conservatorio. Nadie debería poner en duda los beneficios de esta clase de opciones, porque obviamente los tiene. El error no lo cometemos al elegir distintas actividades, sino al abandonar el juego en lo más profundo de la escala de prioridades. Porque pensamos que cientos de horas de clases de refuerzo pueden impulsar su rendimiento académico, pero el juego es fundamental en su desarrollo cognitivo. Convertimos las semanas en carreras de fondo, olvidando que el juego les ayuda a liberar y manejar estrés. Por su bien, estamos dispuestos a sacrificar horas que podríamos compartir con ellos... pero estamos desaprovechando una excelente oportunidad de fortalecer vínculos. Jugando.

¿No tienes tiempo para jugar con tus hijos?

Muchos padres reconocen que les gustaría jugar más a menudo con sus hijos, pero alegan falta de tiempo. Sin embargo, basta un vistazo a la agenda del adulto y del niño para comprobar que el tiempo existe. Está ahí, pero invertido en otras cosas. La cuestión no es que nos falten horas, sino que no concedemos carácter prioritario al juego. Durante la semana, volamos para que lleguen a tiempo a sus actividades; el domingo madrugamos para llevarles a su partido de fútbol. No escatimamos en sacrificios, pero por alguna razón jamás nos planteamos hacer esfuerzos similares para reservar momentos para el juego. "Debemos dar al desarrollo emocional de los niños el peso que realmente merece", dice Alejandra Melús en el curso «Guía del bebé (0 a 3 años): desarrollo, juegos y emociones». Si no tenemos presente la importancia de jugar juntos, la balanza afectiva estará desequilibrada.

Las responsabilidades no son únicamente individuales. Entre todos hemos construido un modelo de sociedad que ejerce presión, que parece exigir e imponer un ritmo de vida delirante. El niño que no asiste a un montón de actividades se convierte casi en un extraño, como si a sus padres no les importase que se quedase atrás. La competitividad, las comparaciones y los juicios se palpan en el ambiente. Quien no sigue el guión mayoritario parece estar perdiéndose algo, renunciando a oportunidades. Pero lo cierto es que nadie, ni adultos ni hijos, debería sentirse obligado a vivir a toda velocidad. Nadie debería aceptar que el estrés es condición necesaria para un desarrollo pleno. Y sobre todo, nadie debería renunciar al juego. No sólo porque sea relajante y divertido, sino porque es beneficioso, enriquecedor e imprescindible para un crecimiento completo y feliz.

Los beneficios 'olvidados' del juego

Dedicando tiempo a jugar con tu hijo descubrirás una nueva forma de ver el mundo: la suya. Los niños comparten su mirada a través del juego. Podrás conocer sus intereses, sus opiniones e incluso sus miedos. Brindaros mutuamente toda vuestra atención mejorará la comunicación entre vosotros, estrechando el lazo que os une. No hay nada tan íntimo como ese tiempo especial, sea para fabricar juntos un nuevo juguete o para disfrutar del mágico momento de la lectura antes de dormir. Además, si dejas que sea él quien lidere y te incorporas respetuosamente a su juego, le ayudarás a aprender a tomar decisiones. Cederle espacio para establecer normas le abrirá la puerta a descubrir intereses y pasiones a su propio ritmo.

El juego no es sólo una cosa de niños: es una forma de entrar en la madurez. Los pequeños suelen experimentar con roles adultos de forma lúdica, trabajando nuevas habilidades y mejorando su confianza en sí mismos. Si te detienes a observarles durante el juego libre, verás cómo aprenden a negociar, a solucionar problemas, a trabajar en equipo, a defenderse... No sólo los deportes son eficaces para fomentar la actividad física: también al jugar activan su cuerpo. Incluso hay estudios que apuntan que los niños con actitud positiva hacia el juego tienen mayor interés por el aprendizaje en la escuela. ¿Cuántas horas de clases particulares son precisas para conseguir algo así?

Como puedes comprobar, el juego reúne y supera muchos de los beneficios que a veces buscamos en otras actividades. No se trata de menospreciarlas, porque a menudo son útiles y necesarias. La clave es buscar un equilibrio, un balance que debe ser distinto en cada hogar. El carácter del niño, sus necesidades académicas y la economía familiar, entre otros factores, pueden influir en la confección de la agenda. Pero sea como sea, no nos olvidemos nunca de jugar, de interactuar, de regalar a quienes más queremos la mejor parte de nuestro tiempo.

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