Es difícil entablar una conversación sobre crianza y educación sin que la palabra 'autoridad' aparezca en pocos minutos. El debate puede surgir en casa, en el colegio, en el parque o en un centro comercial. Ante cualquier conflicto entre padres e hijos, el manejo de la autoridad por parte de los primeros genera siempre interés y controversia. Cada uno la entiende a su manera, pero pocos se sienten seguros de interpretarla y aplicarla correctamente. No es extraño encontrar posturas distintas o incluso opuestas dentro de la misma escuela o el mismo hogar.

¿Qué es autoridad?

Repasar la etimología de esta palabra resulta de lo más interesante y revelador. El término auctoritas se empleaba en la Antigua Roma para hablar de una de las tres formas de entender el poder. Las otras dos, imperium y potestas, aludían a poderes absolutos e incuestionables, obedecidos hasta por la fuerza si era necesario. La auctoritas, sin embargo, tenía un importante componente moral. Era el tipo de poder que poseían los sabios y los estudiosos. Sus opiniones se respetaban no por temor, sino por confianza en su bondad, en su conocimiento y en su sentido de la justicia.

El significado latino de la raíz *aug- es magnificar, ayudar a crecer y progresar. De este modo, tiene auctoritas no quien gobierna y ordena sino quien es capaz de conducir a la plenitud a quien está bajo su tutela, que a su vez le respetará por ello. Es curioso que hoy en día usemos con más frecuencia la palabra 'autoridad' para referirnos a la capacidad para imponer. Sin embargo, cualquiera que aspire a ofrecer una educación basada en el respeto se sentirá mucho más identificado con la esencia de la auctoritas romana. Seguro que si tuvieses que elegir, preferirías que tu hijo te escuchase principalmente porque cuentas con su confianza.

La autoridad... ¿se tiene?

En el curso «Autoridad y límites», el pediatra Carlos González asegura que "todos los padres tenemos autoridad. La autoridad de los padres es automática, espontánea y no tenemos que hacer nada para ganárnosla, ni siquiera por merecerla". ¿Supone esto que nuestra carga de responsabilidad es menor? Al contrario. "Darme cuenta de que mis hijos me van a querer aunque lo haga mal y me van a obedecer aunque no lo merezca es un pensamiento que me cayó encima como una pesada capa de responsabilidad. Si me van a querer aunque no lo merezca debería, por dignidad propia, esforzarme por merecerlo", añade González. No te preguntes si tienes autoridad sobre tus hijos, pregúntate si la mereces.

La autoridad... ¿se aprende?

La auctoritas de la Antigua Roma estaba muy vinculada a la sabiduría, pero los padres tenemos autoridad incluso si carecemos de conocimientos. Esto plantea un conflicto. En Roma se podía estudiar para tener auctoritas, pero nadie enseña a madres y padres a gestionar la autoridad que les viene dada. Para numerosos adultos, la relación con sus hijos es la primera en la que ocupan una posición de autoridad. Para muchos es la única en toda su vida.

"Parte del problema es que los padres de hoy pasan muy poco tiempo con sus hijos. Cuando subes a un avión, una de las cosas que te preocupa es si el piloto tendrá suficientes horas de vuelo. No te gustaría viajar en un avión dirigido por un piloto en prácticas. Muchos padres tienen muy pocas horas de vuelo", apunta Carlos González. No sólo tienes una enorme responsabilidad, también tendrás que aprender a manejarla sobre la marcha. En pleno vuelo, a toda velocidad y a varios kilómetros de altura.

La autoridad... ¿se ejerce?

Las madres y los padres son, ante todo, modelos de comportamiento para sus hijos. Por eso la clave de la autoridad no está en las normas, los límites, las órdenes y las restricciones, sino en el ejemplo que ofrecemos a los niños. "Si no hay una coherencia entre nuestra conducta y los mensajes verbales que les enviamos, ellos se quedarán con lo que hacemos, no con lo que decimos", señala el psicólogo Alberto Soler en el curso «Rabietas y límites desde el respeto». ¿Y qué sucede cuando se desvían de nuestro ejemplo para tomar decisiones contrarias? Entonces decidimos cómo ejercer la autoridad. Sobre este tema investigó Diana Baumrind, que identificó tres estilos parentales básicos: autoritario, permisivo y democrático. La misma persona puede reunir características de los tres estilos e incluso alternar entre ellos, aunque suele haber uno predominante sobre los otros dos.

La autoridad... ¿se gasta?

En el curso «Autoridad y límites», Carlos González utiliza una brillante metáfora para responder a esta cuestión. "La autoridad es como el dinero. Si lo gastas en tonterías, cuando lo necesites para algo realmente importante no lo tendrás", reflexiona. Los niños nos plantean retos a diario, pero a los padres nos corresponde escoger en qué batallas merece la pena entrar. No hay una manera sana de combatirlas y ganarlas todas. La autoridad se erosiona a base de imposiciones y se refuerza con empatía, escucha activa y capacidad para alcanzar acuerdos. Como en tantos otros aspectos de la vida, la virtud está en el equilibrio.

Gestionar la autoridad de forma eficaz y justa es una de las preocupaciones más importantes de madres, padres y educadores. En la Escuela Bitácoras intentamos responder a esta inquietud con el pack «Amor y Autoridad», un conjunto de cinco cursos guiados por profesionales de prestigio. Además de los citados «Autoridad y límites», de Carlos González; y «Rabietas y límites desde el respeto», de Alberto Soler; el pack incluye «Disciplina Positiva», de Bei M. Muñoz; «Las emociones en los niños», de Cristina Gutiérrez Lestón; y «Educar sin gritos», de Laura Monge. Diversidad de enfoques y una amplia variedad de recursos para encontrar la armonía entre cariño y firmeza en la relación con tus hijos.

Foto: Daria Shevtsova [CC0 1.0]

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