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Miles de padres han recibido durante las últimas semanas el boletín de calificaciones escolares de sus hijos. La Navidad marca el final del primer trimestre en los colegios e institutos españoles, el momento en que llegan a casa las primeras evaluaciones. No es lo más adecuado, pero la realidad es que las cifras suelen determinar la reacción de muchas mamás y papás. Cuando las notas son buenas no hay de qué preocuparse. Cuando hay algún suspenso, buscamos causas. Es sencillo caer en la trampa de la explicación más simple: no aprueba por pereza, por falta de esfuerzo, por desinterés. Igual de fácil es cometer un error no menos importante: ya que no has aprobado, te impondré un castigo. Por lo general, la sanción supone privar al estudiante de algo que le gusta. Desde impedirle salir con sus amigos a retirarle los videojuegos, el abanico de opciones es casi infinito.

Otras veces ni siquiera se hace con intención punitiva. "Voy a tener que sacar a la niña del equipo de baloncesto, no es capaz de compatibilizarlo con los estudios", escuchamos con frecuencia. Este tipo de decisiones, adoptadas con la mejor intención, suelen olvidar un factor relevante. Es verdad que tu hija tendrá más horas disponibles si no entrena tres tardes por semana. También es posible, aunque más difícil, que consigas que use esas horas para estudiar. Lo que no admite debate es que estarás arrebatándole algo que necesita tanto como el tiempo: la motivación. Los niños necesitan ser felices para desarrollar todo su potencial.

La relación entre el estado de ánimo y el aprendizaje

Los padres debemos hacer un esfuerzo por no medir las capacidades de nuestros hijos atendiendo únicamente a sus calificaciones escolares. Se trata de un factor más, a menudo importante, pero conviene tener presente que ninguna cifra puede explicar todas las complejidades de una persona. Tal vez hayas escuchado alguna vez la historia de un famoso estudiante de finales del siglo XIX, un joven alemán incapaz de aprender al mismo ritmo que sus compañeros de clase. Su padre, preocupado, suplicó ayuda a uno de sus maestros. Quería saber si podía orientarle hacia algún oficio adecuado para él. "Da lo mismo, de todos modos no llegará lejos en nada", contestó el profesor. Su pronóstico no fue del todo preciso. Aquel chico con aire distraído se llamaba Albert Einstein.

Si los padres de Einstein hubiesen sabido la huella que su hijo dejaría en la historia, jamás habrían escuchado las crueles palabras de aquel profesor. Estarían más interesados en asegurar su bienestar, en cubrir sus necesidades y en respetar sus ritmos. Dicho de otro modo, habrían intentado proporcionarle el contexto óptimo para desarrollar sus extraordinarias capacidades. Por supuesto, ni todos los niños son Einstein, ni hay que pasar por alto el rendimiento escolar y concentrarse exclusivamente en que se sientan felices. La clave está en el equilibrio. Observa la madurez y el desarrollo como una suma de varios factores, no te limites a valorar lo estrictamente académico. Tu hijo puede aprobar sin ser feliz. También puede ser feliz sin aprobar. Lo idóneo (y en el fondo lo más lógico) es que ambas cosas vayan de la mano. Es más sencillo que aprenda si es feliz, es más fácil que sea feliz si aprende.

El entusiasmo: un motor emocional que conduce al conocimiento

En el curso «Educar y aprender desde el entusiasmo», Marta y Lluvia Bustos nos invitan a descubrir cómo funcionan los procesos de aprendizaje en los niños. El estado de ánimo es un aspecto determinante al que no solemos dar la importancia que merece. Las condiciones emocionales en que se afronta el aprendizaje marcan las posibilidades de éxito del mismo. Por eso conviene estimular un poco más la curiosidad y un poco menos la memoria, enseñarles a hacer preguntas y no a repetir respuestas. Es la única forma de que despierte en ellos el deseo de desarrollar su potencial. Al fin y al cabo, no podemos hacer mucho más que proporcionarles las condiciones ideales. El verdadero trabajo siempre queda en sus manos. "Somos arquitectos de nuestro propio cerebro", resumen Marta y Lluvia Bustos.

Crear un ambiente motivador y de confianza, tanto en el hogar como en la escuela, es el mejor impulso que podemos ofrecer a los niños. Alentarles en sus procesos de aprendizaje no sólo es valioso para ellos: también es enriquecedor para los padres. Disfrutar de su crecimiento es una experiencia mágica durante la que los niños nos enseñan y nos aportan. El curso «Educar y aprender desde el entusiasmo» reúne todas las herramientas precisas para alimentar el conocimiento partiendo de la conexión emocional.

Foto: Victoria Borodinova [CC0 1.0]

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