Imagina que llegas agotado a tu lugar de trabajo después de pasar una noche horrible, sin apenas pegar ojo. No te encuentras bien y cometes un error al realizar una tarea. Cuando se entera de la pifia, tu jefe te abronca, te expulsa de su despacho y se niega a escucharte. "¡Reflexiona sobre lo que has hecho!", te sugiere a voz en grito. ¿Le harías caso? ¿Dedicarías un rato a pensar detenidamente en tu equivocación y las posibles soluciones? Probablemente no. Lo normal es que la tristeza te venciese. O peor aún, que no pudieses sentir más que ira por recibir un trato humillante e injusto en lugar de la comprensión que necesitabas.

Un niño obligado por sus padres a pasar un rato en la 'silla de pensar' se siente más o menos igual. Aislado, rechazado, incomprendido, triste, rabioso. Sí, ha cometido un error, pero un diluvio de sentimientos negativos le impide dedicar un solo segundo a pensar en ello.

Los niños se portan mejor cuando se sienten mejor. ¿De dónde hemos sacado la loca idea de que para que los niños se porten mejor antes se tienen que sentir peor?
Jane Nelsen, co-creadora del programa de Disciplina Positiva

En teoría, el principal objetivo de la silla de pensar es que el niño mejore su conducta. Sin embargo, el mensaje que recibe al ser apartado no tiene nada que ver con eso. Le estamos diciendo que no le queremos cerca cuando se equivoca, cuando está enfadado o cuando llora. Que sólo es aceptado, escuchado y apreciado cuando se porta bien y se siente feliz. Le dejamos claro que no puede contar con nosotros para liberar su frustración, que lo mejor es que la reprima o la oculte. Además, demostramos que los motivos reales de su comportamiento no nos interesan. Si hay alguna necesidad emocional detrás de su conducta, la estaremos ignorando por completo.

¿Qué harías ante un jefe como el del ejemplo si vuelves a cometer un error? Seguramente ocultarlo, no compartirlo. No debería sorprendernos que, pasados unos años, un niño acostumbrado a la silla de pensar se convierta en un adolescente que prefiere no compartir sus sentimientos. Sólo estaría poniendo en práctica lo que le se le ha enseñado.

El tiempo fuera positivo, una alternativa respetuosa a la silla de pensar

Los defensores de la silla de pensar aseguran que su enfoque es distinto al de un castigo. No sólo lo aseguran: lo creen. Palabras como 'pausa', 'reflexión' o incluso 'consecuencia' suelen aparecer entre los argumentos para justificar esta medida. Todo suena más o menos bien hasta que dejamos de pensar como adultos y nos ponemos en el lugar del niño forzado a sentarse. Como acabamos de comprobar, lo normal es que sus emociones no encajen con la pausa o la reflexión. "La silla de pensar sólo funciona a corto plazo. Los niños se tranquilizan por el paso del tiempo, pero no lo hacen desde la voluntad sino desde la sumisión", explica Bei M. Muñoz en el curso «Disciplina Positiva».

La Disciplina Positiva nos propone una herramienta más respetuosa que la silla de pensar. Se trata del tiempo fuera positivo. Parte de un fundamento científico: la evidencia de que el ser humano tiene dificultades para encontrar soluciones cuando está alterado. Para usar la parte racional del cerebro es preciso que nuestro sistema límbico esté relajado, algo imposible en circunstancias de enfado o frustración. Con el tiempo fuera positivo concentramos la energía en recuperar la calma y no en un intento de "pensar en lo que hemos hecho" condenado a fracasar. Por eso es aplicable tanto a niños como a adultos. Es buena idea enseñar a tus hijos a tranquilizarse antes de abordar un problema, pero también ayuda que tú misma te relajes antes de dirigirte a ellos para corregir su conducta.

Claves para poner en práctica el tiempo fuera positivo

Tomarnos un tiempo fuera positivo es más fácil si disponemos de un lugar específico para ello. Una excelente manera de ponerlo en marcha consiste en implicar a tu hijo en la construcción de ese espacio. Basta con una esquina tranquila, que podéis delimitar y decorar como queráis. Si al niño le apetece dejar allí libros o juguetes, acepta su sugerencia. Se trata de crear un rincón especial al que acudir en momentos de malestar o tensión, un pequeño refugio dentro del hogar.

Por eso es fundamental que el niño no lo relacione con las imposiciones o los castigos tradicionales. Debe entender que es una herramienta para intentar sentirse mejor antes de buscar soluciones. La mejor forma de hacérselo ver es a través del ejemplo. Piensa en una situación en la que suelas elevar el tono, emitir amenazas o emplear un lenguaje irrespetuoso con tu hijo. Es la oportunidad perfecta para recurrir al rincón. "Necesito unos minutos para tranquilizarme", puedes decir. Ve a ese lugar especial, respira hondo y aborda el problema cuando te sientas capaz de hacerlo sin alterarte.

Del mismo modo, permite que él lo utilice cuando lo considere conveniente, incluso si interrumpe una conversación para cobijarse. Está bien que aprenda que no todos los problemas exigen soluciones inmediatas. Retoma la conversación en un momento más tranquilo, preguntándole si está preparado para hablar. Por contra, cuando está molesto y rechaza la sugerencia de tomarse un tiempo fuera positivo, no le obligues a hacerlo. No servirá de nada. Mejor que eso, aprovecha la ocasión para predicar con el ejemplo y dejar claro que no es un castigo. "Entiendo que no te apetece, pero yo sí necesito unos minutos antes de continuar hablando", explícale. Además de aprender a usar este recurso, comprenderá que debe respetarlo cuando otra persona lo necesita.

Más herramientas para encontrar armonía entre autoridad, cariño y respeto

Si quieres descartar la silla de pensar y otros recursos punitivos similares, no dejes de asistir al curso «Disciplina Positiva». Con Bei M. Muñoz descubrirás todas las herramientas que ofrece este modelo pedagógico, un camino para construir relaciones en las que reine el equilibrio entre cariño y firmeza. Para comprender los sentimientos de tus hijos y reaccionar de manera apropiada, consulta los cursos «Las emociones en los niños» y «Educar sin gritos», con Cristina Gutiérrez Lestón y Laura Monge. Y si lo que necesitas son estrategias para gestionar tu autoridad y superar los desafíos que imponen los berrinches, te proponemos «Autoridad y límites» y «Rabietas y límites desde el respeto», con Carlos González y Alberto Soler.

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Foto: Marcelo Jaboo [CC0 1.0]

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