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Eso que los adultos llamamos mala contestación no entiende de edades ni de formas de ser. Es el "no" desafiante y a voz en grito de un niño de dos años. Es también el primer "no me da la gana", que a menudo aparece alrededor de los cinco. Y por supuesto, es el resoplido provocador tan típico del adolescente. Hay niños con carácter respondón durante toda su vida. En otros casos parece apenas una época, un tramo pasajero. Lo que está claro es que es uno de los retos a los que padres y educadores nos enfrentamos con frecuencia... y aún así, nos cuesta aprender a encajarlo. Mantener la compostura ante una respuesta irrespetuosa parece poco menos que misión imposible.

La mayor parte de las veces ni siquiera entendemos por qué se dirigen a nosotros de esa forma. ¿Y si parte del problema fuese que no afrontamos el asunto desde el ángulo correcto? "Sólo los padres somos capaces de una cosa tan absurda como esperar que nuestros hijos nos obedezcan sin protestar. Sólo los padres somos capaces de algo tan ridículo como encima enfadarnos porque el niño ha protestado", explica Carlos González en el curso «Autoridad y límites». Para ilustrar su reflexión, el pediatra recuerda que los granaderos a pie de la Guardia Imperial napoleónica eran conocidos como 'grognards' (gruñones, los que protestan). Seguían a su carismático líder pasando hambre, frío y dolor. Le obedecían sabiendo que podía costarles incluso la vida. Pero protestaban.

¿Por qué protestan los niños?

Es habitual que las malas contestaciones se produzcan cuando emitimos una orden o una petición. En ese contexto, una réplica en tono de reproche puede ser incluso coherente, aunque no lo parezca. "Sólo ordenamos a los niños que hagan cosas que no quieren hacer. Y sólo les prohibimos hacer cosas que sí querían hacer. ¡Es lógico que les moleste!", continúa Carlos González. Les pedimos que recojan su habitación cuando están jugando. Que apaguen la televisión cuando la están viendo. Incluso que coman un poco de ese plato que detestan. Por el contrario, les prohibimos escalar por una estantería o salir hasta la misma hora que su mejor amiga. Podemos hacerlo aportando argumentos, demostrando que tenemos la razón, pero eso no cambia la opinión ni las preferencias de un niño o un adolescente.

Piensa en tus propias reacciones cuando recibes órdenes, prohibiciones o reprimendas. ¿Qué haces cuando te multan por aparcar donde no debías? Protestas, incluso cuando sabes que es justo. "Pero si sólo han sido cinco minutos...", podrías decir. ¿Suena o no parecido a lo que tu hijo responde cuando le pides que apague la videoconsola? Además, el sistema judicial garantiza tu derecho a defenderte, presentar recursos y apelar contra las decisiones de las autoridades. Sin embargo, pretendemos que los niños acepten las nuestras sin rechistar. ¿Y qué haces cuando tu jefe te exige con malas maneras que hagas algo? Aunque sea interiormente y en silencio, te quejas. Es importante tener esto presente: a nadie le agrada recibir órdenes poco amables. Y quien las recibe, cuando no tiene más remedio que cumplirlas, protesta.

Es cierto que las respuestas irrespetuosas pueden aparecer de forma casi gratuita, ante cualquier comentario, no necesariamente una solicitud que requiere obediencia. Para entender estos casos resulta útil el enfoque de la Disciplina Positiva. "Cuando un niño contesta de mala manera está expresando rabia, frustración, miedo o dolor", asegura Jane Nelsen, creadora de este programa. No es sencillo, pero la respuesta de padres y educadores no debe limitarse a corregir la conducta. Debemos ir más allá, comprender el comportamiento, no quedarnos en la superficie del iceberg. Identificar el origen de esos sentimientos negativos es el primer paso para atajar el problema.

Cómo actuar ante las malas contestaciones

Cada actitud tiene su propia explicación y requiere una respuesta específica. Lo que no varía son los objetivos fundamentales. Si tu hijo está expresando sus emociones, la meta será enseñarle a hacerlo de forma constructiva. Si lo que intenta es hacer valer su opinión, lo más importante es que aprenda a negociar con tranquilidad. No olvides que detrás de esa conducta puede haber algo rescatable. Un niño contestón tiende más a ser asertivo que a ser sumiso. Quizá resulte desesperante por momentos, pero seguro que prefieres que acabe siendo un adulto capaz de manejar su vida, tomar decisiones y responder a la injusticia.

Cuando algo te moleste, manifiéstalo con calma y aprenderá a hacer lo mismo. Haz autocrítica y piensa si estás dando demasiadas órdenes o haciendo más correcciones de las necesarias. No tengas reparo en negociar desde el respeto, ofrécele opciones entre las que pueda elegir con libertad y le ayudarás a desarrollar su autonomía. Resulta más productivo validar sentimientos que entrar en luchas de poder que os conviertan en enemigos. No todas las batallas merecen la pena: a veces, una retirada silenciosa es la mejor forma de decir que no toleras comunicarte en términos agresivos.

Ser la mejor versión de ti mismo ante tus hijos es el desafío más apasionante y complejo de tu vida. Los momentos difíciles están casi siempre entre los realmente decisivos. En el curso «Autoridad y límites», Carlos González te invita a repensar tu manera de gestionarlos. La firmeza y el respeto, con el cariño como denominador común, forman la base de los recursos que plantea durante sus 14 lecciones. El curso está incluido en el pack «Amor y autoridad», un amplísimo abanico de propuestas orientadas a ayudarte a establecer el equilibrio en las relaciones con tus hijos. Y si lo que buscas son caminos para conectar con tu hijo adolescente, en el curso «Adolescentes. Cómo comunicarnos con ellos» encontrarás las claves para hacerlo con éxito.

Foto: Rubberduck [CC0 1.0]

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