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Seguro que recuerdas con cariño el día que aprendiste a montar en bicicleta. Los nervios al sostener el manillar, comprendiendo que elegir una dirección no es sencillo si además tienes que mantener el equilibrio. Las inevitables caídas, la ropa llena de tierra y las rodillas repletas de rasponazos. Las indicaciones de papá o mamá, animándote a perseverar y soltándote en el momento justo sin que te dieses cuenta. Y por supuesto, el instante de la culminación. La brisa en la cara, la velocidad en las piernas, la sensación de libertad, el sentimiento de que los esfuerzos (y los trompazos) han merecido la pena.

Millones de niños hemos seguido un proceso similar. Nunca se olvida cómo andar en bici y tampoco la manera en que se aprende. Años después, cuando nos toca transmitir las enseñanzas a nuestros hijos, nos sorprendemos repitiendo las mismas instrucciones que recibimos en su día. Intentamos ofrecer confianza ante el miedo, valentía ante la frustración, consuelo ante las caídas. A nadie se le ocurre regañar a su hijo cuando no logra mantener el equilibrio, ni darle la razón cuando se declara incapaz después de una sesión de prácticas sin éxito. Entonces, ¿por qué no afrontamos del mismo modo otros errores en el camino del aprendizaje?

El error es la base del aprendizaje de los niños

A los adultos nos gusta tenerlo todo controlado. Vivimos en el convencimiento de que la posibilidad de cometer errores es menor cuando las cosas son previsibles. Tratamos de evitar la incertidumbre porque no nos sentimos cómodos en ella, pero lo cierto es que en las relaciones humanas es imposible tenerlo todo previsto. Menos todavía si hay niños de por medio. Porque los mayores queremos control, pero los niños ansían experiencias. La curiosidad está en su naturaleza. Desean probarlo todo, incluso aquello que les decimos que no deben probar.

Cuando un niño maneja una bicicleta, probar y aprender implica caerse y levantarse. Los padres estamos dispuestos a asumirlo. En otras ocasiones, sin embargo, tratamos de evitar cualquier experimento que pueda terminar en caída. Pretendemos proteger a nuestros hijos de sus propios errores: no queremos que se hagan daño, ni que se frustren por no alcanzar su objetivo. La intención es buena, pero puede que el mensaje a largo plazo no lo sea tanto. Hacemos del error un enemigo que debe evitarse a toda costa. Les enseñamos a tener miedo al fracaso. Los miedos cultivados a través de los años generan inseguridad, minan la autoestima y llegan a bloquear. Así, un niño que aprende a tener miedo a equivocarse será un adolescente con problemas para enfrentarse a sus primeras decisiones importantes.

El miedo al fracaso en los adolescentes

En muchos aspectos, el sistema educativo está diseñado para señalar los errores. La sociedad acostumbra a ejercer presión sobre quien se equivoca, como si la perfección fuese el único camino aceptable. Los padres necesitamos ser conscientes de que el error es necesario para desarrollar la autocrítica y potenciar habilidades básicas, como la adaptabilidad y la flexibilidad. El ejemplo es, como casi siempre, la mejor manera de enseñar a tus hijos. Hay que ir más allá de permitir que fallen y de explicarles que un error es una ocasión para aprender. Debemos estar dispuestos a admitir nuestras propias equivocaciones. Charlando con naturalidad sobre ellas les mostramos que no hay fracaso que no pueda superarse de algún modo.

Hablar con adolescentes suele ser complicado y más cuando la conversación trata sobre sus miedos íntimos. Por eso acabamos de lanzar el curso «Adolescentes. Cómo comunicarnos con ellos». Cristina Gutiérrez Lestón nos ofrece reflexiones, planteamientos y recursos para conectar con sus inseguridades e inquietudes; en una etapa en la que necesitan apoyo y ayuda para enfrentarse a un montón de cambios. Cambios, decisiones, errores y aciertos que les llevarán a encontrarse a sí mismos como adultos.

Foto: Sasint [CC0 1.0]

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